30 Ene ¿Quién inventó el parapente?
La respuesta honesta es que el parapente no tuvo un inventor único, pero sí tiene un vuelo fundador, una fecha y un pueblo. Fue en junio de 1978, en Mieussy, en la Alta Saboya francesa, y lo protagonizaron tres amigos, Jean-Claude Bétemps, André Bohn y Gérard Bosson.
El vuelo de Mieussy, junio de 1978
Los tres subieron a la Pointe du Pertuiset con paracaídas de celdas, los mismos que ya usaban los paracaidistas deportivos. La idea era despegar corriendo ladera abajo en lugar de saltar desde un avión. Bétemps se lanzó primero. Bohn hizo el vuelo largo y bajó planeando hasta el campo de fútbol del valle, unos mil metros más abajo.
Ahí está la diferencia que convierte aquello en el primer vuelo de parapente y no en un descenso en paracaídas. No hubo salto. Hubo un despegue a pie desde una pendiente.
Por qué mucha gente sitúa el invento en 1965
Porque 1965 es una fecha real, solo que de otra historia. En septiembre de ese año, el ingeniero estadounidense David Barish bajaba las laderas de Hunter Mountain, en el estado de Nueva York, con un ala de una sola superficie que había diseñado para recuperar cápsulas espaciales. Lo llamó slope soaring e intentó venderlo a las estaciones de esquí como actividad de verano. No cuajó.
Más atrás todavía, en 1963, el ingeniero canadiense Domina Jalbert patentó el parafoil, el paracaídas de celdas que se infla con el aire que entra por el borde de ataque. Sin esa pieza no existe el parapente moderno, pero un parafoil no es un parapente, igual que un motor no es un coche.
Quién le puso el nombre
La palabra es francesa y salió del mismo sitio que la práctica. Se formó juntando parachute y pente, la pendiente desde la que se despega, un origen que el artículo sobre de dónde viene el nombre del parapente cuenta con más detalle. El término inglés paragliding llegó siete años después, en 1985, cuando Patrick Gilligan y Bertrand Dubuis publicaron el primer manual de la disciplina.
De 1978 a hoy
Lo que vino después no fue obra de un inventor, sino de muchos fabricantes corrigiendo el material año a año. Las velas dejaron de ser paracaídas adaptados y pasaron a diseñarse desde cero para volar, con más celdas, más alargamiento y ensayos de certificación propios. El arnés, el casco y el paracaídas de emergencia se convirtieron en equipo específico.
De ese recorrido viene el hecho de que hoy un vuelo biplaza en Tenerife no exija experiencia previa. El pasajero vuela con un piloto y con material certificado, dos cosas que en 1978 no existían.